Categorías
Cultura y comunicación

Culto a la ignorancia según Asimov

Comparto aquí una idea tan clara como necesaria de Isaac Asimov, la cual ayuda a reducir nuestra miopía mental en este siglo de bulos y creciente desinformación en las redes sociales.

Se trata de una columna escrita en el año 1980 que habla sobre el culto a la ignorancia en Estados Unidos y sobre una lamentable tendencia social y política por difundir el anti-intelectualismo. Lo anterior, nutrido por una falsa noción de que la democracia significa que «mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento».

Asimov también detecta que en la cultura hay una enorme y peligrosa incongruencia: mientras que hay un eslogan que se hace más y más popular y que reza «No confíes en los expertos», la población exige el «derecho a la información»; todo, en un país en el que la gente casi no sabe o no puede o no quiere leer. Pefectamente aplicable a otros países y no solo USA. Perfectamente aplicable en el siglo XXI, una época en la que las redes sociales no han hecho sino aumentar el fast food informativo.

¿Qué podemos hacer entoces? pregunta. Dice que necesitamos social y urgentemente recompensar el aprendizaje, hacer de él algo que genere aprobación, reconocimiento. Hace 40 años Asimov entendió esto, y claramente vemos hoy, reiteradas, las consecuencias de ese culto a la ignorancia.

La versión original en inglés se puede consultar en este enlace. La siguiente es mi traducción del texto de Asimov:

Un culto a la ignorancia

Es difícil discrepar con esa antigua justificación de la prensa libre: “El derecho a saber en Estados Unidos”. Parece casi cruel preguntar, ingenuamente “¿El derecho a saber qué, por favor? ¿Ciencias? ¿Matemáticas? ¿Economía? ¿Idiomas?”

Ninguna de las anteriores, por supuesto. De hecho, uno podría bien suponer que la creencia popular es que los estadounidenses están mejor sin ninguna de esas menudencias.

Hay un culto a la ignorancia en Estados Unidos y siempre lo ha habido. La tensión del anti-intelectualismo ha sido una amenaza constante haciéndose camino a través de nuestra vida política y cultural, nutrida por la falsa noción de que la democracia equivale a decir que “mi ignorancia es tan buena como tu saber”.

Los políticos se han esforzado rutinariamente en hablar la lengua de Shakespeare y Milton, tan antigramatical como posiblemente, con el objetivo de evitar ofender a sus audiencias aparentando que han ido a la escuela. Así, Adlai Stevenson, que incautamente dejó entrever cierta cultura e inteligencia en sus discursos, vio como el rebaño de los estadounidenses afluía hacia un candidato a la presidencia que inventó su particular versión de la lengua inglesa y que, desde entonces, no da tregua a los cómicos que lo imitan.

En sus discursos, entre los principales objetivos de George Wallace estaba apuntar contra los “pedantes profesores intelectuales”, y con qué rugido de aprobación esa frase era siempre acogida por su pedante audiencia.

Boca a boca: ahora tenemos un nuevo eslogan de parte de los oscurantistas: “¡No confíes en los expertos!” 10 años atrás era “¡No confíes en nadie mayor de 30 años!” Pero los que aireaban tal consigna vieron que la alquimia inevitable del calendario los acabó convirtiendo a ellos en esos mismos treintañeros indignos de confianza, y parece que decidieron no volver a cometer ese error jamás. “No confíes en los expertos” es absolutamente seguro. Nada, ni el paso del tiempo ni la exposición a la información, convertirá a estos comentaristas en expertos en cualquier tema que pueda ser útil.

También tenemos una palabra de moda (buzzword) para todos aquellos que admiran el conocimiento, ser competente, las habilidades y el aprendizaje. Estas personas son llamadas “elitistas”. Esa es la palabra de moda más graciosa jamás inventada porque la gente que no es miembro de la élite intelectual no sabe qué es un “elitista”, ni siquiera cómo pronunciar la palabra. Tan pronto como alguien grita “elitista” queda claro que él o ella es un elitista que se siente culpable por haber ido a la escuela.

Está bien, mejor olvidemos mi ingenua pregunta. El derecho a saber en Estados Unidos no incluye el conocimiento de temas elitistas. El derecho a saber en Estados Unidos es más bien sobre algo que vagamente se podría llamar “qué es lo que está pasando”. Estados Unidos tiene el derecho a saber “qué está pasando” en los tribunales, en el Congreso, en la Casa Blanca, en los consejos industriales, en las agencias regulatorias, en los sindicatos, en las sillas de los poderosos, generalmente.

Muy bien, también apuesto por eso. Pero ¿Cómo vamos a hacer para que la gente sepa todo eso?

Garantízanos la libertad de prensa y un cuerpo de reporteros independientes, temerarios e investigativos que, dado el grito, estamos seguros de que la gente se enterará.

Si, suponiendo que la gente ¡pueda leer!

Pero resulta ser que la lectura es uno de esos temas elitistas de los que he estado hablando, y el público estadounidense, en general, en su desconfianza de los expertos y en su desprecio por los “pedantes profesores intelectuales”, ni lee ni puede leer.

Sin duda, el estadounidense promedio puede hacer su firma de manera más o menos legible, y puede distinguir los titulares de los deportes, pero ¿cuántos estadounidenses no elitistas pueden, sin excesiva dificultad, leer hasta mil palabras consecutivas de letra pequeña, algunas de ellas hasta de tres sílabas?

Aún más, la situación está empeorando. Los puntajes de lectura en las escuelas disminuyen constantemente. Las señales de la carretera, que solían representar lecciones elementales de mala lectura («Go Slo», «Xroad») están siendo reemplazandas constantemente por pequeñas imágenes para que sean internacionalmente legibles y, por cierto, para ayudar a aquellos que saben cómo conducir un auto, pero como no son “pedantes profesores intelectuales”, no pueden leer.

Igualmente, en los comerciales de televisión, hay frecuentes mensajes impresos. Bueno, mantén tus ojos en ellos y descubrirás que ningún anunciante cree que alguien, salvo un elitista ocasional, pueda leer esa impresión. Para garantizar que alguien más que esta minoría de mandarines recibe el mensaje, cada palabra es pronunciada en voz alta por el anunciante.

Honesto esfuerzo: si las cosas son así, ¿cómo han obtenido el derecho de saber los estadounidenses? Hay que conceder que hay ciertas publicaciones que hacen un esfuerzo honesto para decirle al público lo que deben saber, pero hay que preguntar cuántas personas realmente las han leído.

Hay 200 millones de estadounidenses que han ido a las aulas en algún momento de sus vidas y que admitirán que saben leer (siempre que usted prometa no usar sus nombres y evite avergonzarlos ante sus vecinos), pero los diarios más decentes creen que les está yendo sorprendentemente bien si tienen circulaciones de medio millón. Podría ser que solo el 1% (o menos) de los estadounidenses hacen un esfuerzo por ejercer su derecho a saber. Y si intentan hacer algo sobre esa base, es muy probable que sean acusados de ser elitistas.

Sostengo que el eslogan «Estados Unidos tiene el derecho a saber» carece de sentido cuando tenemos una población ignorante, y que la función de una prensa libre es prácticamente nula cuando casi nadie puede leer.

¿Qué podemos hacer al respecto?

Podríamos comenzar preguntándonos si la ignorancia es tan maravillosa después de todo, y si tiene sentido denunciar el «elitismo».

Creo que todo ser humano con un cerebro físicamente normal puede aprender mucho y puede ser sorprendentemente intelectual. Creo que lo que realmente necesitamos es aprobación social del aprendizaje y recompensas sociales para el aprendizaje.

Todos podemos ser miembros de la élite intelectual y entonces, y solo entonces, una frase como «Estados Unidos tiene el derecho a saber» y, de hecho, cualquier concepto verdadero de democracia, tendrá algún significado.

Isaac Asimov, profesor de bioquímica en la Escuela de Medicina de la Universidad de Boston, es autor de 212 libros, la mayoría de ellos en diversos temas científicos para el público en general.

Por Julian Bueno

Antropólogo de formación, trabajando en investigación UX, SEO, SEM y contenidos. Desde el año 2009 en el campo digital, optimizando el posicionamiento SEO y SEM para sitios web, haciendo curatoría de contenidos, benchmarkings, proyectos de reputación digital, etnografía digital, trabajando con diseñadores, desarrolladores, traductores, editores, emprendedores y más. Conozco a fondo la investigación cualitativa de mercado, el Thick data y el Big Data de redes sociales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *